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La harina lo cubría todo. Espolvoreaba el piso de madera oscura, se me pegaba a las mangas del suéter viejo de la universidad y flotaba en el aire
El teléfono vibró sobre la mesita de noche a la una y cuarto de la madrugada. Valeria parpadeó, aturdida, y alcanzó el celular con la torpeza del sueño
Sentí el golpe seco en la cadera antes de registrar el dolor. Un segundo estaba estirando la mano para tomar el frasco de champú; al siguiente, mis pies
Marisol apareció en mi apartamento a las dos de la mañana con una maleta medio abierta y el rímel corrido. Ni siquiera me sorprendió. Era la tercera vez
El teléfono de Valeria vibró sobre la mesa de noche justo cuando el agua de la regadera dejó de correr. Eran las diez y media de un jueves
—Por favor, Maricela, te lo pido por lo que más quieras, no me hagas una escena. Solo vienen a cenar. Raúl y su mujer. Nada más. Nos sentamos,
Fue culpa del aire acondicionado. Y del raspado de mango de Silvia. Marta ni siquiera quería bajarse del autobús. Llevaban lo que parecía una eternidad en la terminal
El tipo del mostrador ya ni disimulaba el cansancio. —Señora, ya le expliqué: no podemos entregarle resultados a otra persona. La paciente es mayor de edad. —¿Otra persona?
El calor de agosto en Houston es de esos que derriten el asfalto. Yo salía del turno de la tarde en el taller mecánico, con las manos todavía
El aire acondicionado del laboratorio zumbaba con ese tono agudo que te pone los nervios de punta. Mariana apretó el bolso contra el pecho. Eran las diez y
