El pan dulce del banco de la plaza

El calor de agosto en Houston es de esos que derriten el asfalto. Yo salía del turno de la tarde en el taller mecánico, con las manos todavía oliendo a grasa y la espalda hecha pedazos. Solo quería llegar a casa, darme una ducha fría y tirarme en el sofá. Al pasar por la placita frente a la iglesia de la Guadalupe, vi a un señor mayor sentado en un banco de hierro. No estaba pidiendo. No llevaba cartón ni vaso de plástico. Solo estaba ahí, con la mirada perdida en la fuente seca, como quien espera un autobús que sabe que nunca va a llegar.

Seguí caminando. Llegué hasta la puerta del H-E-B. Y entonces, no sé por qué, me frené en seco. Algo me hizo dar la vuelta. Me acerqué al banco con una mezcla de pena y vergüenza ajena.

—Disculpe, señor. ¿Necesita algo del súper? Voy a entrar.

El hombre parpadeó, como si le costara volver de donde fuera que estuviera.

—No, mija, gracias. No se preocupe. Nomás estoy esperando.

—¿A alguien?

Se quedó callado un momento. Se rascó la barbilla blanca, mal afeitada.

—Ya ni sé, la verdad.

Me dio un vuelco el corazón. Entré a la tienda y compré lo mío: leche, huevos, unas tortillas de harina. Y luego, sin pensarlo mucho, agarré un pan dulce de esos que acaban de sacar del horno, una concha grande, todavía caliente, un café del termo grande y un plátano. Pagué y salí. Dejé la bolsa a su lado, en el banco.

Él miró la bolsa, luego me miró a mí. Tardó en hablar.

—Gracias. No por la comida. Por haberme hablado.

Me senté. Se llamaba Don Ernesto. Setenta y siete años. Su esposa, Lucha, había fallecido hacía cuatro años. Su hija vivía en Dallas, lo llamaba los domingos, pero entre el trabajo y los nietos, venía a verlo apenas dos veces al año. Don Ernesto no se quejaba de ella. Decía que lo peor no era la soledad. Lo peor era el ruido del silencio en el apartamento vacío. El zumbido de la nevera, decía, se te mete en los huesos.

Estuvimos hablando como cuarenta minutos. Me contó que había sido maestro de escuela en El Paso, que se vino a Houston cuando Lucha enfermó, para estar cerca del centro médico. Antes de irme, garabateé mi número en un recibo arrugado.

—Mire, si necesita que le compre algo, o lo que sea, llámeme. Sin pena.

Francamente, pensé que ese papel terminaría en la basura. Dos días después, me sonó el teléfono.

—Mijita, disculpa la molestia… es que se fundió un foco y ya no me animo a subirme a la silla. Me da miedo caerme.

Salí del taller, pasé por su apartamento en Gulfton. Un foco de cocina. Lo cambié. Luego vi que la llave del lavamanos goteaba. Me pidió un destornillador y la ajusté como pude. Otro día le llevé mandarinas. Otro día nos tomamos un café en su balconcito y me mostró fotos amarillentas de su boda, cartas que Lucha le mandó cuando eran novios, escritas con una letra preciosa y un papel que olía a humedad.

Así se volvió costumbre. Cada jueves yo le llevaba el mandado, o nomás me sentaba a escuchar sus historias de la escuela, de los alumnos que le agradecían con dibujos, de los viajes que soñó hacer y nunca hizo. Un día, mientras partía una concha en su cocina, me dijo algo que se me quedó clavado:

—Ya no espero regalos, mija. Pero sí espero que alguien toque la puerta.

Pasaron meses. Un martes desperté con el cuerpo cortado y una fiebre de cuarenta grados. Vivo sola en un estudio pequeño, así que me preparé un té aguado y decidí esperar a que la fiebre bajara sola. A las siete de la tarde, cuando estaba en lo peor, con escalofríos y las sábanas empapadas, sonó el timbre. Me arrastré hasta la puerta.

Ahí estaba Don Ernesto, apoyado en un bastón que nunca usaba. A su lado, un vecino suyo, un muchacho hondureño llamado Alex que trabajaba en construcción, cargaba dos bolsas gigantes del H-E-B.

—Le debo una disculpa —dijo Don Ernesto con una sonrisa pícara—. Le pedí al Alex que me trajera porque yo solo no podía cargar todo.

En las bolsas traía caldo de pollo en un termo, limones, miel, unas pastillas para la fiebre, Vicks VapoRub, y otro pan dulce, todavía caliente, del mismo horno de la primera vez.

—¿Cómo supo que estaba enferma? —le pregunté, con la voz hecha hilachos.

—Porque faltaste el jueves. Y el viernes no llamaste. Cuarenta años de maestro, mija. Uno sabe cuándo un alumno falta porque está de vago y cuándo falta porque está enfermo. A mis años, el patrón no falla.

Esa noche, Alex me sacó la basura y Don Ernesto me obligó a comerme el caldo, cucharada por cucharada, como si yo fuera una niña chiquita. Se fueron a las diez, cuando la fiebre empezó a ceder.

Una semana después, ya recuperada, fui a su apartamento a darle las gracias en serio. Le llevé su pan dulce favorito. Nos sentamos en el balcón. El sol se metía entre los edificios.

—Don Ernesto, de verdad, no sabe cuánto le agradezco lo del otro día. Usted con su caldo y todo…

Él me interrumpió con un gesto de la mano.

—Ay, mija, no me agradezca. Hace años que no me sentía tan útil. Uno se jubila y se acostumbra a que los días se deslizan, pero el día que usted se sentó en ese banco conmigo, algo cambió. Por primera vez en mucho tiempo, el ruido de la nevera se calló.

Se quedó mirando el horizonte con una sonrisa triste y hermosa. No dijimos nada más. Compartimos la concha en silencio, viendo cómo la última luz dorada se apagaba entre los bloques de apartamentos.

Don Ernesto falleció un año y medio después, en paz, mientras dormía. Yo lloré como si hubiera perdido a un padre. Hoy, cada siete de octubre, el día de su cumpleaños, compro una concha caliente en el H-E-B de la Bellaire, me siento en ese mismo banco de la plaza y espero. No espero a nadie. O quizás sí. Me quedo un rato, viendo la fuente seca.

El pan sabe igualito a la primera tarde que hablamos.

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