—Por favor, Maricela, te lo pido por lo que más quieras, no me hagas una escena. Solo vienen a cenar. Raúl y su mujer. Nada más. Nos sentamos, hablamos en familia y ya.
Levanté la vista del fregadero. Andrés estaba apoyado en el marco de la puerta de la cocina, con esa sonrisa que ya conocía demasiado bien. Era la misma sonrisa que ponía cada vez que me iba a pedir algo que, en el fondo, sabía que me iba a enfurecer.
—¿Y se puede saber a cuento de qué vienen? —pregunté, secándome las manos con una toalla. El tono me salió más ácido de lo que pretendía, pero es que ya me olía la jugada—. ¿Vienen a que les prestes dinero otra vez o solo a cenar de gorra?
—Ay, Maricela, ya empezaste. Apenas te mencioné el tema y ya te pusiste como un alacrán. Es mi hermano menor, ¿qué tiene de malo que venga a comer?
—¿Tu hermano menor? Andrés, desde que nos casamos, tu hermano y su mujer solo aparecen cuando necesitan algo. Cuando se les descompuso la camioneta, el año pasado, vinieron a que tú la arreglaras en el taller un sábado entero y ni las gracias te dieron. Cuando Karina se quedó sin chamba, vinieron a "visitarnos" y se llevaron la mitad de la despensa. La última vez que los vi, Raúl te pidió trescientos dólares prestados porque "andaban apretados". Y tú, como siempre, se los soltaste sin chistar.
Andrés frunció el ceño y se cruzó de brazos. Odiaba cuando le ponía ejemplos concretos.
—Es mi sangre. Es mi única familia aquí. No me gusta que hables así de él. Karina está desempleada otra vez, y se les acabó el contrato de la renta. Encontraron un cuartito barato sobre la San Pedro, pero no se desocupa hasta dentro de dos semanas. Solo necesitan un lugar donde caerse muertos mientras tanto. No es para tanto.
Me quedé helada. Ahí estaba. La verdadera razón. La cena no era una simple convivencia familiar, era una trampa. Querían pedir posada en mi casa.
—Andrés, ¿me estás diciendo en serio que pensabas meterlos aquí dos semanas sin siquiera consultarme?
Mi esposo suspiró, como si yo fuera una niña pequeña que no entiende los negocios de los adultos.
—Pues claro que íbamos a ayudarlos. ¿Acaso los íbamos a dejar en la calle? Mañana mismo pueden traer sus cosas.
—No. Mañana no.
—¿Cómo que no? —Andrés pestañeó, desconcertado.
—Dije que no. Que aquí no se quedan. Y punto. Pero bueno, ya que vienen a cenar esta noche, que sea la última cena. Yo no voy a ser la criada de tu hermano y de esa mujer que ni siquiera me saluda cuando entra a esta casa.
No le dejé espacio para réplica. Me puse los audífonos y me concentré en preparar la comida. Si iba a haber circo, que al menos hubiera buen mole. Preparé mi receta de la abuela, con pollo, chocolate oaxaqueño y el chile justo para que picara sin matar a nadie. Hice arroz rojo en abundancia y, de postre, unos buñuelos crocantes con miel de piloncillo. Cuando la mesa estuvo puesta, parecía la cena de Navidad.
A las siete de la tarde en punto sonó el timbre. Raúl entró como si fuera el dueño del lugar, dándole una palmada a Andrés y pasando directamente al comedor sin siquiera lavarse las manos en el baño de visitas. Detrás de él, Karina entró con el mismo aire de diva venida a menos de siempre, escaneando cada rincón con una mueca de desaprobación.
—Huele rico, ¿verdad, Karina? —dijo Andrés, intentando romper el hielo mientras ella se sentaba.
—Pues sí, a ver si sabe tan bien como huele —respondió ella, con una sonrisa falsa que no le llegaba a los ojos.
Serví los platos y nos sentamos. Raúl devoraba como si no hubiera comido en una semana, repitiendo tres veces y chupándose los dedos. Karina, en cambio, picoteaba el pollo con el tenedor, arrugando la nariz.
—Esto está muy condimentado, ¿no? —dijo en voz alta, mirándome fijamente—. Demasiado pesado para la noche. Yo estoy acostumbrada a cenas más ligeras, la verdad. Una ensaladita, un salmón al vapor. Además, este mole tiene un olor como a rancio. ¿No se te habrá echado a perder el chocolate?
Sentí cómo la mandíbula se me tensaba. Andrés tosió, nervioso. Raúl seguía comiendo, ajeno a la grosería monumental de su esposa.
—Si no te gusta, no tienes que comerlo —dije, con una calma tan fría que hasta a mí me asustó—. Puedes esperar en el sofá mientras nosotros terminamos. O mejor, puedes ir calentando el motor del coche. Así se van más rápido.
Karina dejó caer el tenedor con estrépito sobre el plato. Raúl y Andrés intercambiaron una mirada rápida, como dos ladrones sorprendidos en pleno robo. Era evidente que la cena no estaba saliendo como la planearon.
—Oye, Maricela, no te pongas así —intervino Raúl, limpiándose la boca con la servilleta de tela—. Karina es muy directa, pero no quiso ofenderte. Más bien, queríamos hablar contigo de algo importante.
—¿Hablar conmigo? —solté una carcajada seca—. Qué raro. Porque tu hermano ya dio la orden esta tarde: ustedes se mudan aquí mañana. Sin preguntarme.
Raúl se removió en la silla. Karina resopló. Andrés miraba fijamente el salero como si contuviera los secretos del universo.
—Bueno, sí —admitió Andrés, por fin—. Les dije que no había problema. Solo serán quince días, Maricela. Hasta que desocupen el cuarto nuevo.
—No.
La palabra resonó en el comedor como un portazo. Hasta la salsa pareció dejar de burbujear en la cocina.
—¿Cómo que no? —la voz de Karina se volvió un chillido—. Oye, Andrés, ¿no que esta era tu casa también? ¿No puedes tomar una decisión sin pedirle permiso a ella?
—No, no puede —respondí yo misma, levantándome de la silla—. Porque esta casa es mía. Es la casa que mis padres me dejaron antes de casarme, y que está a mi nombre. Andrés puso el taller, yo puse el techo. Y bajo mi techo, las decisiones sobre quién se queda y quién no, las tomo yo. ¿Quieres saber por qué no se quedan? Porque tú, Karina, llevas una hora en mi mesa y ya me llamaste pésima cocinera, me insinuaste que sirvo comida podrida, y ni siquiera has tenido la decencia de darme las gracias. ¿De verdad crees que voy a soportar eso catorce días en mi propia sala, viéndome la cara mientras tú te paseas como si fueras la reina de Saba?
Karina enrojeció de furia, pero no dijo nada. Raúl apretaba los puños, buscando con la mirada a su hermano, esperando un respaldo que no llegó. Andrés estaba pálido. Por primera vez en años, no tenía un chiste tonto ni una excusa a la mano.
—Váyanse —dije, señalando la puerta del pasillo—. La cena se acabó. Andrés, si quieres irte con ellos, ve. Pero aquí no se quedan. Ni esta noche ni nunca.
Raúl se puso de pie tan rápido que tumbó la silla. Agarró a Karina de la muñeca y la arrastró hacia la salida. Ella iba farfullando insultos a media voz. Andrés, sin mirarme, tomó sus llaves, su chamarra y salió detrás de ellos. El portazo retumbó en toda la casa.
Me senté de nuevo, sola, frente a la mesa llena de platos sucios y servilletas arrugadas. El silencio era ensordecedor. Bebí un sorbo de agua y me quedé mirando el reloj de la pared.
¿Había sido demasiado dura? ¿Debí haberme callado y aguantar las humillaciones de esa mujer solo para complacerlo a él? ¿Debí abrirles las puertas y fingir una armonía que no existía solo para que Andrés no tuviera que discutir con su hermanito?
No. Definitivamente no. Lo supe con cada fibra de mi ser. Si cedía esta vez, Karina iba a convertir mi casa en un hotel. Raúl nunca buscaría un trabajo estable porque total, "Andrés y Maricela siempre ayudan". Y yo me iba a convertir en la empleada doméstica de dos adultos perfectamente capaces que simplemente preferían vivir a costillas de los demás.
Fui recogiendo los platos sin prisa, lavándolos uno por uno y poniéndolos a escurrir. Las nueve. Las diez. Las once de la noche. Andrés no volvía. Los mensajes que le envié ni siquiera se leían. Imaginé a los tres en la cocina de la casa de Raúl, la alquilada a medias, tomando cerveza, quejándose de la "bruja" de su mujer. Imaginé a Karina envalentonada, diciéndole a Andrés que cómo era posible que se dejara mangonear por mí en su "propia" casa.
A la medianoche, escuché el motor de la camioneta del taller estacionándose en la entrada. Pasos lentos en el camino de grava. La llave girando en la cerradura con cuidado. Andrés entró con la cara desencajada, oliendo a café de gasolinera y a cigarro frío.
No dijo nada. Se quitó las botas con dificultad, se acercó a la mesa y se sentó, con los hombros caídos. No me pidió disculpas con palabras. Simplemente, apoyó la cabeza en mi regazo y se quedó así, quieto, respirando hondo.
—Lo siento —susurró al fin, treinta minutos después, con la voz tomada—. No volverá a pasar.
Le acaricié el cabello, lleno de canas prematuras. Yo tampoco dije nada. No hacía falta.
Un mes después, en el cumpleaños de la tía Lucha, los vi de lejos. Karina desvió la mirada apenas crucé la puerta del patio. Raúl ni se levantó del sofá de mimbre; se quedó con la cerveza en la mano, muy concentrado en la etiqueta. Andrés les hizo un gesto breve y luego me buscó a mí, su mano tibia aterrizando en la mía. No intercambiamos palabra con ellos en toda la tarde.
Doña Chole, la vecina del 204, me paró al otro día junto al buzón, con los ojos brillantes de chisme. «Oye, Maricela, ¿supiste lo que pasó esa noche? Dice mi comadre que Karina se bajó del coche en el semáforo de San Pedro y Raúl tuvo que corretearla por todo el barrio. Que después ni el depósito del cuarto junto.» Se relamió esperando morbo. Yo me encogí de hombros, sonreí apenas y subí las escaleras con el correo en la mano. En casa, Karina ya era solo un plato vacío en el fregadero que nunca más volvió a usarse.
Esa tarde, mientras guardaba los buñuelos sobrantes de aquella última cena —todavía crocantes, envueltos en un trapo— oí la cortadora de pasto. Andrés estaba en el porche, el teléfono en la oreja. Alcanzó a decir «No, Raúl, esta vez no», y colgó antes de que el silbido de la máquina le ganara la réplica.
Me buscó por la ventana de la cocina, tras el vidrio empañado. Me guiñó un ojo. Luego empujó la cortadora con fuerza, justo cuando la luz del farol encendía las briznas de zacate, y el aroma de los buñuelos con piloncillo me llenó la nariz como un rezo callado.
