El teléfono vibró sobre la mesita de noche a la una y cuarto de la madrugada. Valeria parpadeó, aturdida, y alcanzó el celular con la torpeza del sueño interrumpido. Pensó en su mamá, en una emergencia, en cualquier cosa menos en lo que realmente era.
—Val, soy yo… —la voz de Camila era un hilo de lágrimas y pánico—. Peleamos otra vez con Andrés. Me fui. Así nomás, sin nada.
—Cami, ¿viste la hora? —murmuró Valeria, sentándose en la cama. El cuarto olía al café que había dejado preparado para la mañana siguiente.
—Pero estoy en la calle, no tengo a dónde ir. Ya estoy caminando para tu apartamento, ¿sí? Está re oscuro, qué miedo…
Valeria se puso la bata y fue a la cocina. Puso la pava y sacó las galletas saladas y un pedazo de queso. Conocía el ritual de memoria: Camila llegaba deshecha, comía como si no hubiera probado bocado en tres días y hablaba hasta quedarse dormida. Mientras tanto, Valeria le tendía el sofá cama con sábanas limpias.
Abrió la puerta justo cuando su amiga subía el último escalón, con el rímel corrido y los labios temblorosos.
—Bueno, contá —suspiró Valeria, haciéndose a un lado—. ¿Otra vez te compraste un bolso sin decirle?
Camila soltó el pañuelo de papel y la miró con los ojos muy abiertos.
—¿Cómo sabés? ¿Te llamó? ¿Qué te dijo?
—No me llamó nadie, Cami. Pero los capítulos de tu novela son siempre iguales.
—¿Y qué? ¿Tengo que aguantar que me controle? —chisporroteó Camila, dejándose caer en el sofá.
—¿Controlar? Andrés no te prohíbe nada, te pide que antes de gastarse medio sueldo en carteras de diseñador, lo hablen. Él trabaja, vos no. Por ahora.
—¡Ah, sos igual que él! ¿Me estás llamando mantenida? ¡Y encima sos mi amiga!
Valeria empujó el plato con las galletas hacia ella.
—Soy tu amiga, por eso te digo la verdad. Ese hombre está hasta el cuello con la hipoteca del local de autos y vos te fuiste de shopping a Aventura con la tarjeta de crédito. Si querés casarte con él de una vez, poné un poco de los dos.
Camila masticó una galleta con fuerza, sin responder. Después se levantó, fue hasta el espejo del pasillo, se arregló el pelo con las manos y se giró de perfil.
—Mmm. ¿Vos creés que se va a conseguir otra figura como esta? Cuando se le pase el enojo me va a rogar que vuelva. Como siempre.
—O esta vez se cansó de verdad. Hay un límite para todos.
—No sabe lo que tiene —sentenció Camila, volviendo al sofá con una sonrisa cansada—. A la mañana siguiente siempre está mansito. Ahí negocio yo lo que quiero. Es una ciencia, Val, no entendés nada. Vos estás siempre sola, no sabés cómo funciona la psicología de un hombre.
Valeria apagó la luz del pasillo y se metió en su cama sin decir nada más. Durante los siguientes seis días, Camila ocupó el sofá como un gato que no termina de irse. Miraba el teléfono cada tres minutos, esperando un mensaje de Andrés que no llegaba. Se paseaba en piyama hasta el mediodía, hablando pestes de lo tacaño que era, de cómo una mujer como ella merecía un trato mejor, de que por supuesto él iba a arrastrarse porque ninguna de las chicas del gimnasio tenía sus curvas ni su estilo. Pero las horas pasaban y el teléfono seguía mudo.
El viernes, Valeria salió de la escuela primaria donde daba clases y vio una troca negra estacionada junto al buzón. El conductor bajó la ventanilla.
—Valeria, ¿tenés un minuto?
Andrés se veía más flaco que la última vez, la camisa arrugada. La invitó a un café en el pequeño restaurante mexicano de la esquina.
—Ya sé lo que vas a decir —él habló primero, removiendo el azúcar con la cucharita—. Lo siento. Llevamos años con el mismo circo.
—Andrés, son las dos de la mañana cuando ella me despierta. Cada dos meses. Y yo no soy un motel ni una terapeuta. Ustedes dos son adultos.
—Lo sé. Por eso quería pedirte disculpas. Y agradecerte. Si no fuera por vos, no sé dónde terminaría ella cada vez que arma la maleta y se va gritando.
Valeria lo miró a los ojos. Él no apartó la mirada.
—Ya no sé quién tiene más culpa —dijo ella, bajando la voz—. Si ella por gastar sin control, o tú por permitirlo.
Andrés respiró hondo y asintió. Luego, señaló las bolsas del mandado que Valeria había dejado en la silla de al lado.
—¿Eso es para la cena?
—Ajá. Para dos.
—Déjame pagarlo. Acompáñame al supermercado de al lado. Por favor.
Salieron juntos. Andrés llenó el carrito con fruta, pan dulce, un pastel de tres leches, y al final tomó un ramo de girasoles de la sección de flores y se lo entregó a Valeria.
—Esto es por las molestias. Discúlpame por todo.
Valeria entró a su apartamento con los brazos cargados. Las bolsas hacían ruido al apoyarlas en la mesa. Camila se levantó del sofá y se quedó mirando los girasoles, que Valeria acomodó en un florero.
—¿Y eso? —preguntó, con la voz de quien huele una trampa.
—Me encontré a Andrés camino a casa. Me invitó un café.
—¿Andrés? ¿Mi Andrés?
—El mismo. Está preocupado por ti.
—¿Preocupado? ¡Ah, por fin! ¿Y por qué no subió? ¿Por qué no me trajo las flores a mí?
Valeria colocó el florero en el centro de la mesa.
—Porque los girasoles son para mí. En agradecimiento por hacer de mesón de negociaciones cada vez que ustedes dos se agarran del moño.
Camila se quedó helada. Dio un paso atrás, agarró su bolso del perchero.
—Ajá. Conque esas teníamos. La mosquita muerta haciendo su trabajito detrás de mi espalda.
—Cami, por favor. No tienes ningún derecho de hablarme así. Yo llevo años abriéndote la puerta a medianoche sin quejarme.
—¡Callate! —chilló Camila mientras se calzaba los tacones—. ¡Judas! ¡Sonsacándome al novio! Te aprovechaste de que yo confiaba en ti. ¡Cómo serás de rastrera!
Agarró un puñado de ropa sucia de su maleta y salió dando un portazo que retumbó en todo el pasillo. Valeria se quedó de pie, con el sonido rebotándole en el pecho. Se sirvió un chocolate caliente y dio un sorbo pequeño, pero el sabor le pareció aguado. Dejó la taza sobre la mesa y las lágrimas le corrieron sin aviso. No por Camila. Quizás por el cansancio de ser la eterna espectadora de una obra ajena.
Pasaron dos semanas sin noticias. Valeria se obligó a no escribir. Pensó que seguramente Camila había vuelto a la casa de Andrés, que todo estaría en calma, que en cualquier momento aparecería con un anillo de compromiso presumiendo su victoria.
Hasta que un martes a las siete de la tarde, al salir de la escuela, encontró otra vez la troca negra junto al buzón. Andrés estaba recargado en la puerta del copiloto, con un ramo de rosas rojas.
—¿En serio? —Valeria se detuvo a dos metros, con el bolso apretado contra el pecho—. ¿Qué pasó ahora?
—Nada. Todo terminó.
Entraron a un taquería del barrio. Valeria pidió un agua de horchata, él un café solo. No tocó la carta. Se le veían las ojeras, pero los hombros relajados.
—Fue la gota que derramó el vaso —dijo Andrés—. Cuando ella llegó esa noche, furiosa, diciendo que tú y yo le habíamos tendido una trampa, entendí que nunca iba a cambiar. Me gritó otra vez que soy un miserable, que ella se merece a alguien con ambición, que se iba de verdad y que no la buscara más. Y yo le creí. Pero esta vez le dije: está bien, vete.
—Andrés…
—No, déjame terminar. Durante los últimos seis meses, la única persona que me escuchó, que me preguntó cómo estaba, que me dijo la verdad aunque doliera, fuiste tú. Ahí, en medio de todo el drama, siempre estabas al fondo, cansada pero firme, con las galletas saladas y el café. Y un día me di cuenta de que antes de que Camila se fuera, ya me preguntaba cómo estarías tú.
—Eso no es justo para nadie —murmuró Valeria, removiendo el hielo con el popote—. Yo no puedo ser tu premio de consolación después de seis años de novela con mi amiga.
—No eres un premio. Eso es lo que estoy tratando de decir. Camila me hizo sentir que debía ganármela todos los días. Tú, en cambio, me das paz. Dame una oportunidad de mostrártelo. Una sola cita de verdad. Si después de eso quieres que no te busque más, te lo prometo, desaparezco.
Ella levantó la vista y lo miró a los ojos. No encontró al hombre abatido y suplicante de otras veces. Encontró a alguien sereno, que acababa de cerrar una puerta muy pesada y respiraba por primera vez.
—Una cita —concedió Valeria, con una media sonrisa—. Pero pago yo mi parte. Y nada de troca.
Él soltó una carcajada, la primera en mucho tiempo.
La llevó a un mirador en la colina con una bolsa de tacos al pastor y dos refrescos de lata, porque ella insistió en que no quería manteles largos ni velas. Se sentaron en una banca gastada, viendo las luces de la ciudad a lo lejos. Hablaron de la infancia, de los trabajos que habían odiado, de las canciones que les daba vergüenza admitir que les gustaban. No mencionaron a Camila ni una sola vez.
A la tercera cita, en un cine al aire libre en el centro comunitario, Valeria se quedó dormida en su hombro durante los créditos, agotada después de una semana de juntas escolares. No supo en qué momento, él le había puesto su chaqueta sobre los hombros. Su perfume olía a madera y a algo limpio. Ella abrió los ojos, lo vio mirándola, y sintió un vuelco en el estómago. Se incorporó rápido.
—Perdón, qué pena. Es que…
Él le tomó la barbilla con dos dedos y la besó. Fue apenas un roce, una pregunta. Y ella respondió apretándole la mano y cerró los ojos, dejándose caer en ese hueco tibio que se abría entre los dos.
Una semana después, caminando por el malecón, Andrés se arrodilló sin anillo, con una piedrita lisa de la orilla en la palma de la mano.
—Es provisional. Pero la promesa es real, Val. Cásate conmigo.
Ella se rio y lloró al mismo tiempo, y dijo que sí.
La boda fue de tarde, en la playa de Matanzas, con los padres de ambos y tres amigos íntimos. Envolvieron la promesa en un anillo de verdad, sencillo, que Andrés juntó con dos meses de ahorro y la venta de una vieja consola de juegos.
Camila no fue. Apareció una mañana, tres semanas antes de la boda, en la puerta del taller mecánico de Andrés. Su bolso era de piel italiana, pero la etiqueta del celular en la mano era nueva. Se apoyó en el marco con la misma sonrisa de siempre.
—Deberías darme las gracias —dijo, mirándose las uñas—. Si no fuera porque yo monté todos esos melodramas, jamás te habrías fijado en la santurrona de mi ex amiga.
Andrés ni siquiera se ofendió. Limpió la grasa de las manos con un trapo y la miró con calma.
—Tienes razón en algo, Cami. Debería darte las gracias. Pero no por eso. Sino porque un día te fuiste de mi vida de verdad. Lo mejor que me pasó fue tu portazo. Ahora, con permiso, tengo clientes que sí respetan su palabra.
Ella enrojeció y soltó una risa falsa. Se fue caminando hacia un convertible plateado que la esperaba en la esquina. Al volante, un hombre bastante mayor que ella, con cadenas de oro al cuello y gafas oscuras. Dicen que se mudó con él a una urbanización privada en la zona de Kendall, donde las piscinas son de agua salada y los dramas nunca se acaban.
Una noche, Valeria acunaba a su hijo en el portal de su casa, un pequeño búngalo al sur de Orlando que habían reformado juntos. El nene, de apenas cuatro meses, se dormía con el puño apretado alrededor de su dedo. Andrés salió con dos tazas de café, le dio un beso en la coronilla y se sentó a su lado. No dijo nada. Se quedaron así, mirando cómo caía el sol detrás del jardín donde Valeria había plantado girasoles. El silencio entre ellos era amplio y limpio, como una habitación recién barrida donde nadie necesitaba gritar para que le hicieran caso.
