Se fue tantas veces que un día no pudo volver

Marisol apareció en mi apartamento a las dos de la mañana con una maleta medio abierta y el rímel corrido. Ni siquiera me sorprendió. Era la tercera vez en dos meses. Cuando abrí la puerta, mi hermana ya estaba temblando en el pasillo, abrazándose a sí misma como si el mundo se estuviera acabando.

—Otra vez, ¿no? —le pregunté, atándome la bata.

—¡Es que Mateo es imposible! —sollozó, entrando como un huracán y dejando la maleta tirada en la sala—. ¿Sabes lo que me dijo? ¡Que soy una gastadora compulsiva! ¡Que no valoro su esfuerzo!

Puse agua para un té de manzanilla mientras ella se desplomaba en mi sofá. Conocía el ritual de memoria. Marisol necesitaba desahogarse, comer algo dulce y dormir diez horas. Luego volvería con Mateo como si nada hubiera pasado.

—¿Qué compraste esta vez? —pregunté sin mirarla, sacando las galletas de la alacena.

Silencio.

Me giré. Mi hermana me miraba con los ojos muy abiertos, ofendida.

—¿Cómo sabes que compré algo?

—Porque es lo mismo de siempre, Mari. Tú compras algo carísimo sin consultarle, él se enoja, tú lo llamas tacaño y te vienes para acá.

—¡Un bolso! —explotó—. ¡Un miserable bolso de doscientos dólares! No es como si me hubiera comprado un auto. Él gana bien, es ingeniero, pero quiere que yo viva como una monja. ¡Y ni siquiera estamos casados!

Le alcancé la taza de té y me senté frente a ella.

—No trabajas, Marisol. Él paga todo. El alquiler del apartamento en West Hollywood, tus clases de actuación, tus salidas con las amigas. ¿Tanto te cuesta avisarle antes de gastar?

—¡Me estás defendiendo a él! —su voz se volvió aguda, casi un chillido—. ¿Tú eres mi hermana o su abogada?

—Soy la que te recibe a las dos de la mañana cada vez que armas un drama. Creo que tengo derecho a opinar.

Marisol resopló y se levantó para mirarse en el espejo del pasillo. Se acomodó el cabello oscuro, se limpió los restos de maquillaje bajo los ojos y se contempló de perfil.

—Mírame, Elena. Con este cuerpo y esta cara, ¿tú crees que él va a encontrar algo mejor? Debería agradecerme todos los días por estar con él.

—Entonces, ¿por qué no te propone matrimonio?

La pregunta le cayó como un balde de agua fría. Vi cómo su expresión cambiaba, cómo apretaba la mandíbula.

—Porque sabe que puedo decir que no. Pero esta vez va a rogarme. Vas a ver. Se arrastrará pidiendo perdón y entonces yo pondré mis condiciones.

Me encogí de hombros y apagué la luz de la cocina.

—Como quieras. Yo mañana trabajo. Levántate cuando quieras, hay cereal en la despensa.

Esa noche me dormí escuchando a mi hermana teclear furiosamente en su celular, probablemente escribiéndoles a sus amigas sobre lo malvado que era Mateo y lo mucho que ella merecía alguien mejor.

Pasó una semana y el teléfono de Marisol no sonó ni una vez.

Al principio estaba eufórica. Se probaba mi ropa, se hacía mascarillas, publicaba selfies en Instagram con frases de empoderamiento. "Hombres sobran", "quien no me valora no me merece", todas esas cosas.

Pero para el quinto día ya estaba irritable. Revisaba el celular cada cinco minutos. Caminaba por el apartamento como leona enjaulada.

—¿Por qué no me llama? —me preguntó una noche, mientras yo intentaba terminar un informe del trabajo.

—Porque quizás esta vez hablaste en serio. Lo llamaste tacaño, le dijiste que preferirías estar sola. Tal vez te creyó.

—¡Pero no era en serio! Él sabe que yo no hablo en serio cuando estoy enojada.

—¿Y cómo va a saberlo si siempre terminas volviendo? Esta vez decidiste esperar a que él viniera. Él decidió lo mismo. Alguien tiene que ceder.

—Pues que ceda él. Es el hombre.

Me reí sin poder evitarlo. Marisol me fulminó con la mirada.

—No te burles. Tú qué vas a saber de relaciones. Llevas tres años soltera viviendo con tu gato y tus plantas.

Era un golpe bajo, pero me lo esperaba. Mi hermana peleaba sucio cuando estaba acorralada. No le respondí. Terminé mi informe en silencio, guardé la computadora y me fui a dormir.

Al día siguiente, Mateo apareció a la salida de mi oficina.

Yo trabajaba como contadora en una firma pequeña en el centro de Los Ángeles. Salí a las cinco y media como siempre, con mi termo de café vacío y el cuello tieso de estar frente a la pantalla. Y ahí estaba él, apoyado en su Camry gris, con las manos en los bolsillos y cara de no haber dormido.

—Mateo.

—Elena. ¿Puedo invitarte un café? Necesito hablar contigo.

Acepté porque me daba pena. No por él, exactamente, sino por la situación completa. Dos adultos atrapados en una telenovela barata, y yo en el medio haciendo de teléfono descompuesto.

Nos sentamos en un Starbucks a dos cuadras. Mateo pidió un café negro. Yo un té chai. Ninguno de los dos habló hasta que nos sirvieron.

—¿Cómo está ella? —preguntó al fin.

—Enojada. Dice que eres un tacaño, que no la valoras, que no la mereces. Lo de siempre. Pero por dentro está muerta de miedo porque no la has llamado.

Mateo asintió despacio, removiendo su café sin necesidad.

—Ya no puedo más, Elena. En serio. Llevamos dos años así. Peleamos, ella se va, yo me desespero, la busco, le pido perdón por cosas que ni siquiera hice, vuelve por una semana, todo está bien, y luego otra vez lo mismo.

—¿Y por qué la aguantas?

La pregunta salió antes de que pudiera frenarla. Mateo levantó la vista y me miró con una expresión que no supe interpretar del todo.

—Porque creí que la amaba. Pero últimamente ya no sé. Me paso los días solo en el apartamento y casi siento alivio. ¿Eso qué significa?

—Significa que estás cansado.

—Sí. Y tú también, ¿no?

No supe qué responder. Asentí apenas, mirando mi taza.

—Cada vez que llega a mi casa a las dos de la mañana —dije—, le preparo té, la escucho despotricar contra ti, le doy la razón en algunas cosas, le quito la razón en otras, y al final se duerme. Pero esta vez ha estado una semana entera. No busca trabajo, no mueve un dedo, solo espera a que tú vengas arrastrándote. Y yo llego muerta del trabajo y me la encuentro tirada en el sofá viendo Netflix. Así que sí, Mateo, estoy cansada. Supongo que los dos lo estamos.

Mateo sonrió por primera vez. Tenía una sonrisa triste, chiquita, como de alguien que encuentra un espejo donde no esperaba.

—Eres muy distinta a ella, ¿sabes?

—Soy su hermana mayor. Alguien tenía que ser la responsable.

Pagó él, insistió. Y luego, sin que yo lo pidiera, me acompañó al supermercado. Dijo que ya que me había quitado tiempo, al menos quería ayudarme con algo práctico.

En el pasillo de las frutas me detuve a escoger manzanas. Cuando quise darme cuenta, Mateo había metido en el carrito un montón de cosas que yo no pensaba comprar: fresas, chocolates, una botella de vino tinto, pan de masa madre.

—¿Qué haces? —le pregunté, intentando devolver las fresas al estante.

—Nada. Regalos. Para agradecerte.

—No tienes que agradecerme nada.

—Claro que sí. Has aguantado cosas que no te corresponden. Y además has sido la única que me dijo la verdad sin adornos.

Salimos del supermercado y él cargó las bolsas hasta la entrada de mi edificio. Tuve que detenerlo antes de que quisiera subir.

—Mejor no. Si Mari te ve, se arma la tercera guerra mundial.

—No quiero verla a ella. Quería verte a ti.

Me quedé callada un segundo. Mateo me puso una bolsa en cada mano y luego, sin avisar, sacó un ramo de girasoles de detrás del asiento del auto. Los había comprado antes, cuando yo no miraba.

—Son para ti. Por todas las molestias.

Subí al apartamento con las bolsas, los girasoles y un nudo en el estómago que no tenía nada que ver con el hambre.

Marisol estaba tirada en el sofá, como siempre. En cuanto me vio entrar, se incorporó de golpe.

—¿Y eso? ¿De dónde sacaste tanta cosa? ¿Y flores?

—Me las regaló Mateo.

El silencio que siguió fue tan espeso que casi podía tocarse. Mi hermana abrió la boca y la cerró. Se puso de pie. Caminó hacia mí con los ojos clavados en los girasoles.

—¿Mateo te regaló flores a ti? ¿Mi Mateo?

—Acaba de llevarme del trabajo al súper y de paso me compró esto. Dijo que eran para agradecerme por cuidarte.

—¿Agradecerte? —la voz de Marisol se fue elevando, temblando al borde del grito—. ¿Por cuidarme a mí? ¡A mí, que soy su novia! ¿Y por qué no vino a verme? ¿Por qué no subió?

—Porque no le pedí que subiera.

—¡Claro que no! ¡Porque seguro tú le pediste que se fuera, para tenerlo para ti sola! ¿Verdad? ¡Eso es! ¡Tú, la santurrona, la aburrida, la que nunca tiene novio, ahora vas y me robas al mío!

Se acercó tanto que pude oler su perfume, el mismo que me había robado del tocador tres días atrás.

—Mari, cálmate. No estoy robando a nadie.

—¡Me echaste de tu casa siendo mi propia hermana! ¡Y todo para quedarte con Mateo! ¡Qué conveniente! ¡Justo cuando estábamos peleados!

Agarró su maleta, que seguía a medio hacer en un rincón de la sala, y la arrastró hasta la puerta. Ni siquiera se molestó en cerrarla bien. La ropa asomaba por los bordes como si la maleta también estuviera harta de ella.

—Si te vas ahora —le dije, con una calma que no sentía—, no vuelvas dentro de una semana a golpear mi puerta a las dos de la mañana. Porque esta vez no voy a abrirte.

Marisol giró la cabeza. Sus ojos echaban chispas.

—No te preocupes, Elena. No voy a volver nunca más. Quédate con él. A ver si te dura. Un tipo que se aburre de mí en dos años, contigo se aburre en dos semanas. Tú no sabes nada de mantener a un hombre interesado.

Se fue dando un portazo que retumbó en todo el edificio.

Me senté en el sofá y me puse a llorar. No sé cuánto tiempo estuve así, con los girasoles todavía en la mano, sintiéndome la peor persona del mundo y al mismo tiempo aliviada de que se hubiera ido.

Pasaron dos semanas sin noticias de Marisol. Supuse que habría vuelto con Mateo, o que Mateo habría cedido y la habría ido a buscar. Era lo lógico. Era lo de siempre.

Hasta que una tarde, al salir del trabajo, me lo encontré otra vez.

Esta vez no traía girasoles. Traía rosas. Rojas. Y una expresión distinta, más segura, como de alguien que por fin sabe lo que quiere.

—Mateo, ¿qué pasó? ¿Otra vez pelearon?

—No. Terminamos.

—¿En serio?

—En serio. Le dije que no podía seguir así. Que no la quería más. Que estaba cansado de ser su cajero automático, su paño de lágrimas y el villano de todas sus historias. Ella me pidió diez mil dólares para irse sin hacer escándalo.

Casi se me cae el termo al suelo.

—¿Y se los diste?

—Le di la mitad. Cinco mil. Me dijo que era un tacaño hasta el final y se fue a Los Ángeles. Al parecer tiene un conocido allá, alguien de la industria del entretenimiento. Dijo que iba a triunfar como actriz y que yo iba a arrepentirme el resto de mi vida.

Guardé silencio. Sentí una mezcla rara de tristeza y alivio.

—Y ahora estoy aquí —continuó Mateo—, parado en la puerta de tu oficina con un ramo de rosas, preguntándome si soy un idiota por lo que voy a decirte.

—Depende de lo que vayas a decirme.

—Que me gustas, Elena. Me gustas desde hace meses, desde la primera vez que te vi calmarla después de una pelea y pensé: ¿por qué no puede ser ella así? Me gusta cómo hablas, cómo piensas, cómo te ríes bajito cuando algo te da gracia pero no quieres que nadie se entere. Y no espero que me digas que sí ahora mismo. Solo te pido una cita. Una sola. Y si después de eso no quieres verme más, lo aceptaré.

Lo miré un buen rato. El sol estaba bajando sobre los edificios del downtown, tiñendo todo de naranja. La gente pasaba a nuestro alrededor con prisa, indiferente. Mateo seguía ahí, de pie, con las rosas en la mano, esperando una respuesta.

—Una cita —repetí.

—Una cita.

—¿Y si Marisol se entera?

—Que se entere. Ya no le debo nada. Ni ella a mí.

Pensé en mi hermana, en sus portazos, en sus insultos, en su costumbre de aparecerse en mi apartamento a las dos de la mañana. Y luego pensé en mi sofá vacío, en mi gato ronroneando sobre mis piernas, en todas las noches que me había dormido sintiéndome sola pero tranquila.

—Está bien —dije—. Una cita.

Mateo sonrió como si le hubiera tocado la lotería.

Fuimos a cenar a un restaurante italiano pequeñito en Koreatown, de esos que no aparecen en las guías turísticas. Pedimos pasta, compartimos una botella de vino, hablamos durante tres horas. Me contó de su infancia en San Diego, de su padre mecánico, de su madre que murió cuando él tenía quince años. Le conté de mis padres en México, de cómo me había criado prácticamente sola porque Marisol siempre demandaba toda la atención.

Esa noche, cuando me dejó en la puerta de mi edificio, no me besó. Solo me tomó la mano y me dijo que había sido la mejor cita de su vida.

Al día siguiente volvió a esperarme a la salida del trabajo. Y al otro también.

Durante un mes nos vimos casi a diario. Almorzaba conmigo los fines de semana, me llevaba el café a la oficina, me mandaba mensajes tontos durante el día solo para hacerme reír.

Yo seguía esperando la llamada de Marisol. El escándalo, los insultos, las acusaciones. Pero no llegó nada. Una amiga en común me contó que se había mudado a Los Ángeles con un productor de comerciales que le doblaba la edad y le pagaba el departamento. Al parecer, mi hermana había encontrado por fin lo que siempre quiso: alguien dispuesto a financiar sus caprichos sin hacer preguntas.

Una noche, paseando por el muelle de Santa Mónica, Mateo se detuvo y me miró de esa forma que ya me resultaba familiar, como si yo fuera lo mejor que le había pasado en años.

—Elena, dime la verdad. ¿Tú me quieres? ¿O estás conmigo solo porque te lo pedí y no supiste decir que no?

El viento nos alborotaba el pelo. Las luces del muelle titilaban sobre el agua oscura del Pacífico. Un grupo de turistas pasó riendo detrás de nosotros.

—Te quiero —dije, y era verdad—. Pero tengo miedo.

—¿Miedo de qué?

—De despertarme un día y ser Marisol. De convertirme en una persona que exige sin dar nada a cambio, que se cree merecedora de todo solo por ser bonita.

Mateo me tomó la cara con las dos manos. Tenía los dedos tibios a pesar de la brisa fría del mar.

—Tú nunca vas a ser Marisol. Tú eres la mujer que me recibía a las dos de la mañana con té de manzanilla, aunque al día siguiente tuvieras que trabajar. La que nunca pidió nada, ni siquiera las gracias. La que lloró en su sofá con un ramo de girasoles en la mano porque su hermana le dijo las peores cosas y tú no le devolviste ni una.

Me besó.

Y supe, sin ninguna duda, que todo lo demás —las peleas, las lágrimas, las maletas a medio hacer y los portazos a medianoche— había sido solo el camino para llegar a ese momento.

Nos casamos seis meses después. Algo pequeño, solo nosotros dos, el juez y un par de testigos que encontramos en el pasillo del juzgado. Yo llevaba un vestido color marfil que compramos juntos en una tienda de segunda mano. Él llevaba la misma camisa azul que usó en nuestra primera cita.

Ahora, tres años más tarde, Mateo sigue regalándome flores cada viernes. A veces rosas, a veces girasoles, a veces margaritas simples que compra en el súper de camino a casa.

Marisol nunca volvió a llamar. La última vez que supe de ella, una conocida me dijo que se había ido a Miami con un empresario cubano. Parece que le va bien. O al menos eso dice su Instagram, lleno de fotos en yates y restaurantes de lujo.

A veces, cuando me quedo despierta hasta tarde esperando a Mateo —que sigue trabajando como ingeniero y a veces tiene guardias nocturnas—, miro por la ventana del apartamento y recuerdo los portazos de mi hermana, sus insultos, su certeza de que yo nunca encontraría a nadie.

Y sonrío.

Porque el amor, cuando es de verdad, no llega con escándalos ni huidas a medianoche. Llega despacito, con un café en la mano y un ramo de girasoles, y se queda.

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