— ¿A quién le importa esa vieja? — Mateo soltó una carcajada junto a la freidora, sosteniendo el celular con el hombro mientras el aceite chisporroteaba—. No seas bruto, Chris, si lo único que tiene de valor son tres platos de cerámica pintados a mano y un rosario de plástico. ¿Quién va a querer secuestrarla?
Se limpió las manos en el delantal manchado de grasa y cortó otra tanda de yuca para echar a freír.
—Te digo, compadre, sale del asilo ese en las afueras de San Antonio antes del viernes y nosotros por fin respiramos. Vuelvo a tener mi cuarto de música, Valeria deja de llorar en el baño y esa casa de tres recámaras se convierte en un hogar de verdad.
Colgó y se quedó viendo el aceite burbujear. Mateo amaba a Valeria, pero cargar con doña Amalia desde que falleció su suegro era como vivir con un fantasma que todo lo juzgaba.
Justo cuando iba a sacar las yucas, sonó el timbre. Un pitido largo, insistente, de esos que te crispan los nervios.
—¡Ya va, carajo! — gruñó mientras bajaba el fuego.
Abrió la puerta sin mirar por la mirilla, esperando al vecino borracho del 4B o quizás a los testigos de Jehová. Pero no.
En el quicio, bajo la luz amarillenta del pasillo que olió a cloro barato, estaba parado un policía. Una mujer robusta, de ceño firme, con la insignia del Departamento del Sheriff del condado de Bexar. En su uniforme caqui se veían las gotas de una llovizna pegajosa de marzo.
—¿Mateo Gutiérrez? — preguntó, sin dar tiempo a que él respondiera—. Soy la sargento Ramírez. ¿Se encuentra en la casa la señora Amalia Cruz?
Mateo sintió un vacío en el estómago.
—¿Mi suegra? Claro, en su cuarto. Viendo una novela o rezando. ¿Qué pasó?
—Verifíquelo, por favor.
Mateo caminó los ocho pasos hasta la recámara del fondo, la que tenía la ventana que daba al estacionamiento. Tocó dos veces. Silencio. Abrió.
La cama estaba tendida con esa colcha floreada que olía a alcanfor. El buró, impecable. La Biblia cerrada. Las chanclas de baño alineadas junto al ropero.
Doña Amalia no estaba.
—No… no está — dijo Mateo regresando, con la voz apenas audible—. A lo mejor fue a misa o a la tiendita de la esquina. A veces se le olvida avisar.
—No fue a la tiendita — la sargento Ramírez abrió su libreta—. Recibimos una llamada del padre Tomás, de la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe. Parece que doña Amalia no se presentó hoy a repartir la comida de la tarde a los desamparados. Ni ayer. Y eso en doce años no ha fallado nunca.
Mateo la miró incrédulo. ¿Repartir comida? Él creía que la vieja se iba a sentar a la banca del parque.
La oficial continuó, sin pestañear:
—Además, el padre mencionó que el martes pasado se escuchó una discusión muy fuerte en esta casa. Palabras altisonantes. Alguien gritó que "ya estaban hartos de mantener a un estorbo".
La sangre le golpeó a Mateo en las sienes. Se acordó perfectamente. Él había gritado eso en la cocina porque doña Amalia había dejado la hornilla de la estufa encendida tres horas.
—Ay, no, oficial — intentó sonreír—. Usted sabe cómo son las familias. Eso fue una tontería. Yo trabajo arreglando aires acondicionados, mi mujer es cajera en un H-E-B. No somos millonarios. Pero nunca le haríamos daño a la señora.
La sargento no devolvió la sonrisa.
—Señor Gutiérrez, su suegra fue vista por última vez esta mañana a las nueve en la parada del autobús 44. Llevaba una maleta cafecita con rueditas. Y nadie la ha vuelto a ver. Pregunto otra vez: ¿dónde estaba usted entre las nueve de la mañana y las dos de la tarde?
—¡En el taller! Estaba destapando un drenaje en la Quinta Avenida. Tengo videos, fotos, el ticket del material… ¡Lo que quiera!
El ruido de una llave en la cerradura los interrumpió. Valeria entró con dos bolsas del mandado, el uniforme aún puesto, el pelo recogido en una moña despeinada. Al ver a la policía, las bolsas se deslizaron de sus manos desde sus dedos. Un bote de salsa verde rodó hasta los pies de Mateo.
—Mami… — susurró Valeria—. ¿Dónde está mami?
—
Dos horas después, la sargento Ramírez se había ido con una foto reciente de doña Amalia, no sin antes advertir que quizás tendrían que interrogar oficialmente a Mateo si la señora no aparecía pronto.
Valeria estaba sentada en el sillón, con los ojos hinchados, apretando un rosario.
—Tú la corriste — lo acusó en un murmullo—. Le dijiste estorbo. Le dijiste que era una carga.
Mateo se puso la chamarra de trabajo manchada de refrigerante, sin contestar. Agarró las llaves de su camioneta Silverado y salió dando un portazo.
En el estacionamiento, la brisa húmeda le pegó en la cara. Miró a todos lados. ¿Dónde podía estar una mujer de setenta y ocho años con problemas de cadera en una ciudad como San Antonio?
Empezó por la lavandería del barrio. Ahí la señora Lety, que planchaba uniformes, le dijo:
—Qué raro. Amalia no vino a recoger la ropa que donó para los muchachos que cruzan la frontera. Aquí tengo una caja llena de camisetas que ella remendó. ¿Sabe que se quedaba hasta tarde cosiendo para mandar al albergue de migrantes?
Mateo anotó mentalmente: *migrantes*. Él ni idea tenía.
Siguió en el parquecito detrás del viejo Molino Rojo. Ahí encontró a un grupo de chavillos jugando básquet.
—Hey, muchachos — les mostró la foto en el teléfono—. ¿Conocen a esta señora?
Un chico flaco, con la gorra de los Spurs calada hasta los ojos, asintió.
—Claro. Es doña Amalia. Ella nos trae Gatorade los domingos. Y el mes pasado, cuando a mi hermanito lo paró la migra por vender dulces sin permiso, ella se fue a la estación del Sheriff, pagó la multa y se lo trajo para la casa.
Mateo se quedó paralizado. ¿Doña Amalia pagando fianzas? ¿De dónde había sacado el dinero? Lo único que él le veía hacer era pedirle veinte dólares prestados para el bus.
—Señor — agregó el chico, encestando el balón—, esa señora es de las pocas que nos respeta. Si le pasó algo, avísele al barrio, ¿sí? Porque aquí la queremos.
Mateo asintió, sintiendo la saliva espesa.
«¿A quién le importa esa vieja?», recordó haber dicho hacía apenas unas horas.
Le importaba a la iglesia. A los migrantes. Al equipo de básquet. A los presos indocumentados del condado. A todo el maldito vecindario.
Menos a él.
El celular vibró en su bolsillo. Era un número desconocido.
—¿Sí?
—¿Mateo Gutiérrez? — una voz áspera de hombre—. Habla el sargento Domínguez, del turno nocturno. Tengo aquí sentada a una tal Amalia Cruz. ¿Es su familiar?
Mateo sintió que las piernas le flaqueaban.
—¡Viva! ¿Está viva?
—Pues claro que está viva, compadre. Y entera. Venga rápido a la comisaría de la calle Dolorosa. Le conviene llegar antes de que pida su tercera taza de café y se ponga a aconsejar a todos los detenidos.
—
Mateo atravesó el centro de San Antonio en su camioneta a ochenta millas por hora. Entró a la comisaría como un bólido, sudado y con la chamarra al revés.
Ahí, en una silla de plástico naranja, con su vestido floreado y sus zapatos ortopédicos, estaba doña Amalia. Con su maletita cafecita en el regazo y una expresión de absoluta paz, como si estuviera en la sala de espera de un consultorio.
—¡Doña Amalia! — gritó Mateo, y se arrodilló frente a ella—. ¿Dónde andaba? Valeria se está muriendo del susto, todo el barrio la está buscando, dicen que está perdida…
La viejecita lo miró por encima de sus lentes bifocales y le dio una palmadita en la mejilla.
—Ay, mijo, no te azotes. Fui a hacer un mandado.
—¿Cuál mandado, señora? — interrumpió el sargento Domínguez, un hombre canoso que se reía a carcajadas—. ¡Cuéntele!
Doña Amalia suspiró y se ajustó el chal tejido a mano.
—Pues verás, Mateo. Ayer estaba yo barriendo la entrada de la casa cuando oí a dos hombres hablando en la cochera de los Martínez. Los conozco. Son los que venden piezas de carro robadas en la feria de la pulgas. Dijeron: "El taller del Gutiérrez tiene clientes con trocas bien buenas. Esta noche le tumbamos los convertidores catalíticos y se los vendemos a López en Houston".
Mateo abrió la boca. Su taller. Su fuente de ingresos.
—Yo, en vez de asustarme — siguió la anciana—, agarré mi maletita, metí una muda de ropa, el termo de café y mi taser rosita que compré por el internet. Y me fui a la parada del autobús.
—¿Con un taser? — balbució Mateo.
—Claro, mijo. Para eso es la tecnología. Llegué al taller a las diez de la mañana y me senté en el solar de enfrente, detrás de un contenedor de basura. Ahí me estuve quietecita hasta la tarde, cuando llegaron los dos desgraciados con una llave inglesa.
Doña Amalia carraspeó, como si estuviera contando la receta de un mole.
—Uno se metió debajo de una troca. El otro estaba de campana. Yo me acerqué por atrás calladita, calladita, con mis zapatos ortopédicos que no hacen ni ruido. Cuando el que vigilaba miró para otro lado, ¡zas!, le di con el taser en el trasero. Cayó al suelo como costal de papas y se golpeó la cabeza con un rin. El de abajo del carro se asustó, trató de salir, pero se atoró con el tubo de escape. Yo aproveché para pitarles a los vecinos y llamar al 911 con el teléfono que me regaló el padre Tomás.
Mateo sentía que le habían dado un martillazo en la cabeza.
—¿Usted… usted sola?
—Bueno, el del taser fue un milagro. La batería estaba casi descargada. Pero se asustaron.
El sargento Domínguez intervino, secándose una lágrima de risa.
—Señor Gutiérrez, su suegra desmanteló ella sola una banda de robacarros que traía en jaque a todo el sur de Texas. Tenemos a los dos detenidos. Y en la maletita de la señora encontramos esto.
Puso sobre el escritorio un fajo de billetes de veinte dólares.
—Diez mil quinientos dólares — anunció—. Ahorros de toda su vida. Los iba a usar para irse un mes a un retiro espiritual en Guadalajara. Según nos dijo, "para no estorbarle al marido de su hija".
Mateo sintió un nudo en la garganta, grueso, doloroso, imposible de tragar.
—Doña Amalia… — dijo con voz quebrada—. Usted no estorba. Usted no es una carga. Yo soy un imbécil.
La viejecita lo miró fijamente. Sus ojos café claro, rodeados de arrugas, brillaban con una mezcla de picardía y compasión.
—Ay, Mateo. Yo sé que no me quieres. Yo sé que para ti soy un mueble viejo que ocupa espacio. Por eso pensé en irme un tiempo a México, a ver si ustedes dos se arreglaban. Pero luego oí a esos ladrones y dije: "Primero arreglo esto, que es mi familia, aunque no me tomen en cuenta".
Mateo se echó a llorar. Ahí, en el suelo de la comisaría, con las rodillas sobre el linóleo sucio y la cabeza apoyada en el regazo de la mujer que él quería echar de la casa.
—Perdóneme — sollozó—. Perdóneme, doña Amalia. Yo no sabía nada. No sabía lo de la iglesia, ni lo de los muchachos, ni lo de los migrantes. Usted es una santa, una guerrera, y yo tratándola como a una inútil. Soy una basura.
La mano arrugada y cálida de doña Amalia le acarició el pelo sudoroso.
—No eres basura, Mateo. Eres un hombre cansado, preocupado, que trabaja doce horas al día. Eso no es maldad. Eso es la vida. Y la vida a veces nos ciega. Pero ya. Levántate. Vámonos a casa. Hay que hacerle un caldo de pollo a Valeria, que ha de tener el alma hecha trizas.
Esa noche, en la sala de la casa, los tres cenaron juntos por primera vez en meses. Valeria no soltó a su madre en toda la noche. Mateo, en vez de encerrarse en su cuarto, se quedó con ellas viendo una novela mexicana que no entendía, pero que no le importaba.
A la mañana siguiente, Mateo se levantó temprano. No fue a trabajar. Agarró la camioneta, se fue al Home Depot y compró madera, clavos y pintura. Y construyó una repisa en la sala, justo debajo de la ventana.
—¿Y eso? — preguntó doña Amalia, sorprendida.
—Un altar — respondió Mateo—. Para que rece tranquila sin estar encerrada en el cuarto. Y para que ponga las fotos de toda la gente que ayuda. Para que yo las vea todos los días y no se me olvide el tipo de mujer que vive bajo este techo.
Doña Amalia sonrió, esa sonrisa pequeña y digna que pronto volvería a verse por todo el barrio.
Esa noche, el celular de Mateo vibró. Era Chris.
—Oye, bro, ¿al final qué onda? ¿Pedimos la cotización del asilo para la abuela? Tengo el número de la trabajadora social.
Mateo miró la sala. Vio a doña Amalia y a Valeria juntas, tejiendo. Vio el altar nuevo, lleno de veladoras y estampitas de la Virgen de Guadalupe. Vio el plato de caldo vacío en la mesa.
—Cancela todo, Chris — respondió Mateo—. Esa vieja es lo más valioso que tenemos.
